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Conclusión

A LOS PADRES Y MAESTROS

Como madre y maestra, mi interés en encontrar nuevas formas de enseñanza es muy personal. Como la mayoría de los padres y maestros, soy bien consciente -a veces, de un modo doloroso- de que todo el proceso de enseñanza y aprendizaje es extraordinariamente impreciso, y en muchos casos una cuestión de azar. Los estudiantes pueden no aprender lo que creemos estarles enseñando, y lo que aprenden puede no ser lo que pretendíamos enseñarles.

Recuerdo un ejemplo muy claro de este problema de comunicación. Quizás el lector conozca, o haya pasado por una experiencia semejante en su infancia. Hace años, el hijo de una amiga al que estaba visitando llegó a casa después del colegio, excitadísimo por algo que había aprendido. Estaba en el primer curso de lectura y anunció que había aprendido una nueva palabra. «Estupendo, Gary», dijo su madre, «¿Qué palabra es?» El niño pensó por un momento y dijo: «Te la voy a escribir». Y en una pequeña pizarra escribió cuidadosamente la palabra CASA. «Muy bien, Gary», dijo la madre, «¿Qué significa?» El niño miró la palabra, miró después a su madre y dijo con toda naturalidad, «No lo sé».

Al parecer, el niño había aprendido el aspecto de la palabra, asimilando perfectamente su forma visual. Sin embargo, lo que el profesor trataba de enseñarle era otro aspecto de la lectura: el significado de las palabras, lo que los signos simbolizan. Como sucede con frecuencia, lo que el profesor enseñaba y lo que Gary aprendió eran dos cosas diferentes.

Con el tiempo, el hijo de mi amiga asimiló cada vez más y mejor el material visual, una forma de aprendizaje que cierto número de estudiantes parecen preferir de un modo consistente. Por desgracia, el mundo escolar es, principalmente, un mundo verbal y simbólico, y los estudiantes como Gary deben adaptarse, es decir, prescindir de su mejor manera de aprender, y aprender del modo decretado por el sistema. Afortunadamente, Gary fue capaz de hacer este cambio, pero ¿cuántos otros estudiantes se quedan en el camino?

Este cambio obligatorio en el modo de aprender debe ser algo comparable a la situación del niño zurdo al que le obligan a utilizar la mano derecha, una práctica bastante común en otros tiempos. Esperemos que en el futuro nos demos cuenta de que obligar a los niños a cambiar su modo natural de aprendizaje es tan estúpido como obligarlos a utilizar su mano menos hábil. Pronto seremos capaces de determinar el mejor modo de aprendizaje para cada niño, y escoger entre un repertorio de métodos de enseñanza los más adecuados para que los niños aprendan visual y verbalmente.

Los maestros siempre han sabido que los niños aprenden de diferentes maneras, y desde hace algún tiempo los educadores han estado esperando que los avances en los estudios sobre el cerebro ayuden a encontrar el modo de enseñar a todos los estudiantes igual de bien. Hasta hace unos quince años, los descubrimientos sobre el cerebro sólo parecían tener utilidad para los científicos especializados. Pero actualmente estos descubrimientos se están aplicando a otros campos; los estudios que describí brevemente al principio de este libro pueden ser la base de cambios fundamentales en las técnicas de educación.

David Galin, entre otros investigadores, ha señalado que los educadores tienen tres tareas principales: primera, entrenar ambos hemisferios: no sólo el hemisferio izquierdo, verbal, simbólico y lógico, al que siempre se le ha prestado atención, sino también el derecho -espacial, relacionador, holístico- que suele descuidarse en la mayoría de los colegios. Segunda, preparar a los estudiantes para utilizar el estilo de cognición adecuado a la tarea que se tenga entre manos. Y tercera, preparar a los estudiantes para que puedan aplicar ambos estilos -los dos hemisferios- para abordar un problema de una manera integrada.

Cuando los maestros puedan combinar los dos estilos complementarios y asignarle a cada uno las tareas apropiadas, la enseñanza y el aprendizaje se convertirán en un proceso mucho más preciso. El objetivo último es desarrollar las dos mitades del cerebro. Ambos modos son necesarios para el pleno funcionamiento humano, y ambos son necesarios para toda clase de trabajos creativos, se trate de escribir, de dibujar, de desarrollar una nueva teoría física, o de afrontar problemas del medio ambiente.

Este es sin duda un objetivo difícil, especialmente en una época en que la educación se ve atacada desde muchos frentes. Pero nuestra sociedad está cambiando rápidamente, y cada vez es más difícil anticipar qué tipo de habilidades necesitarán las futuras generaciones. Aunque hasta ahora hemos dependido de la mitad racional del cerebro humano para planear el futuro de nuestros hijos y para resolver los problemas que puedan encontrar hasta llegar a ese futuro, el impacto de los cambios está mermando nuestra confianza en el pensamiento tecnológico y en los viejos métodos de educación. Sin abandonar la preparación tradicional, verbal y numérica, muchos educadores están buscando técnicas de enseñanza que fomenten los poderes creativos e intuitivos de los niños, preparándoles para afrontar prpblemas nuevos con flexibilidad, inventiva e imaginación, y con la capacidad de captar conjuntos complejos de ideas y hechos interrelacionados, de percibir los patrones subyacentes y de ver los viejos problemas de un modo nuevo.

¿Qué podemos esperar conseguir ahora mismo, en términos de adiestrar las dos mitades del cerebro de nuestros niños? En primer lugar, es importante conocer las funciones especializadas y el estilo de cada hemisferio. Libros como éste pueden aportar un conocimiento básico de la teoría, además de explicar la experiencia del paso de un modo al otro. En mi opinión, este conocimiento, en forma de experiencia personal, es sumamente importante, quizás esencial, para el profesor que quiera transmitir el conocimiento a otros.

En segundo lugar, hay que estar al tanto de los efectos que tienen ciertas tareas, en el sentido de activar uno u otro hemisferio; se puede empezar por intentar controlar el hemisferio utilizado por los alumnos, a base de preparar condiciones o plantear tareas que provoquen el cambio de un modo al otro. Por ejemplo, se puede hacer que los estudiantes lean un párrafo y luego preguntarles, oralmente o por escrito, acerca de los datos incluidos en él. Pero también se puede estudiar el mismo párrafo en busca de su significado o contenido subyacente, accesible a través de la imaginería y el pensamiento metafórico. Para este tipo de aprendizaje, la respuesta que se le pide al alumno puede ser un poema, una pintura, un baile, un acertijo, un chiste, una fábula o una canción. Otro ejemplo: ciertos tipos de problemas matemáticos exigen un pensamiento lineal y lógico. Otros exigen giros imaginarios de formas en el espacio, o manipulaciones que se realizan mejor mediante visualizaciones mentales. Hay que tratar de descubrir -observándonos a nosotros mismos y a nuestros alumnos- qué tareas resuelve mejor el hemisferio derecho, cuáles necesitan el estilo del izquierdo, y cuáles precisan la cooperación simultánea de ambos.

En tercer lugar, se puede experimentar variando las condiciones de la clase (al menos aquellas condiciones sobre las que el profesor tenga algún control). Por ejemplo, las clases exclusivamente habladas tienden a fijar a los estudiantes en el modo del hemisferio izquierdo. Si se consigue que los estudiantes pasen al modo-D, se obtendrá una condición muy rara en las aulas modernas: el silencio. No sólo los estudiantes dejarán de hablar entre ellos, sino que quedarán enfrascados en la tarea: atentos, confiados, alertos y contentos. Aprender resulta agradable. Este aspecto del modo-D ya es algo que vale la pena. El profesor debe favorecer y mantener él mismo este silencio.

Como sugerencias adicionales, se podría experimentar con nuevas disposiciones de los asientos o la iluminación. El movimiento físico, y en especial si sigue pautas, como la danza, puede ayudar al cambio cognitivo. La música también ayuda a pasar al modo-D. El dibujo y la pintura, como se ha visto en este libro, provocan un rápido cambio al modo-D. Se puede experimentar también con lenguajes privados, por ejemplo inventando un lenguaje pictórico con el que los estudiantes puedan comunicarse en clase. Recomiendo que se use la pizarra todo lo posible, no sólo para escribir palabras, sino para dibujar imágenes, esquemas y patrones. Lo ideal sería que toda la información se presentase al menos de dos maneras: verbal y visualmente. Se puede experimentar reduciendo el contenido verbal de las clases, sustituyéndolo por comunicación no verbal cuando parezca adecuado.

Finalmente, hay que ejercitar conscientemente los propios poderes intuitivos para desarrollar métodos de enseñanza, y comunicar estos métodos a otros educadores, a través de seminarios o publicaciones profesionales. Es muy posible que se estén usando ya muchas técnicas -de un modo consciente o intuitivo- que provocan el cambio de cognición. Como profesionales de la enseñanza es preciso que compartamos nuestros descubrimientos, igual que compartimos como padres el deseo de un futuro equilibrado e integrado para nuestros hijos.

Como padres, podemos hacer mucho por conseguir este objetivo, ayudando a nuestros hijos a desarrollar modos alternativos de conocer el mundo: verbal-analíticamente y visual-espacialmente. Durante los fundamentales primeros años, los padres pueden ayudar a moldear la vida de un niño, de manera que las palabras no enmascaren por completo otras formas de la realidad. Mis consejos más urgentes para los padres se refieren al empleo cuidadoso y adecuado de las palabras, o más bien al no empleo de las mismas.

Opino que la mayoría de nosotros nos apresuramos demasiado a nombrar cosas cuando estamos con niños pequeños. Si cuando un niño pregunta: «¿Qué es eso?», nos limitamos a decirle el nombre de la cosa y lo dejamos así, estamos comunicando que el nombre o etiqueta es lo más importante, que con decir el nombre es suficiente. Así privamos a nuestros niños de la sensación de maravilla y descubrimiento. En lugar de decir sólo el nombre de un árbol, por ejemplo, habría que intentar guiar al niño en una exploración física y mental del árbol. Esta exploración podría incluir tocarlo, olerlo, verlo desde varios ángulos, comparar un árbol con otro, imaginar el interior del árbol y sus partes subterráneas, escuchar el rumor de las hojas, ver el árbol a diferentes horas del día o en diferentes estaciones, plantar semillas, observar cómo otras criaturas -aves, insectos, gusanos- utilizan el árbol, etc. Después de descubrir que todo objeto es complejo y fascinante, el niño puede empezar a entender que la etiqueta es sólo una pequeña parte del total. Enseñado de este modo, el sentido de maravilla del niño sobrevivirá, aun bajo las avalanchas de palabras.

Para estimular las habilidades artísticas de los niños, recomiendo que se les proporcionen desde muy pequeños todos los materiales artísticos que se pueda, y la clase de experiencias de percepción que acabo de describir. El niño experimentará el proceso de desarrollo artístico de un modo relativamente predecible, como sucede con otros procesos de desarrollo. Si el niño pide ayuda para un dibujo, la respuesta debería ser «Vamos a mirar lo que quieres dibujar». Las nuevas percepciones pasarán a formar parte de las representaciones simbólicas.

Padres y maestros pueden ayudar en los problemas del artista adolescente, que hemos discutido en el texto. Como ya he dicho, el dibujo realista es una fase que los niños atraviesan hacia los diez años de edad. Quieren aprender a ver, y merecen recibir toda la ayuda que necesiten. La secuencia de ejercicios de este libro -incluyendo una versión simplificada de la información sobre las funciones de los hemisferios- puede resultar útil para niños de esa edad. Los temas que atraen el interés de los adolescentes (por ejemplo, imágenes de héroes y heroínas en acción) pueden utilizarse para copiar dibujos invertidos. El espacio negativo y el dibujo de contornos también resultan atractivos, y los niños incorporan rápidamente estas técnicas a sus dibujos. (Véase en la ilustración el progreso de un estudiante de diez años en sólo cuatro días de instrucción.) El retrato tiene un atractivo especial para los niños de esta edad, que pronto aprenden a sacar el parecido de sus amigos y familiares. Una vez que vencen el miedo a fracasar, los adolescentes suelen esforzarse mucho en perfeccionar sus habilidades, y el éxito refuerza su confianza y autoestima.

   
Dibujos realizados por un estudiante de cuarto grado: tres lecciones, del 15 al 19 de abril de 1977. Período de instrucción: cuatro días.

Pero lo más importante para el futuro es que el dibujo, como demuestran los ejercicios de este libro, es un modo muy eficaz de acceder y llegar a controlar las funciones del hemisferio derecho. Aprender a ver mediante el dibujo puede ayudar a los niños a convertirse en adultos que utilicen todo su cerebro.

A LOS ESTUDIANTES DE ARTE

Muchos artistas contemporáneos opinan que saber dibujar realistamente no es importante. En términos generales es cierto que el arte contemporáneo no exige necesariamente ser buen dibujante, y que algunos artistas modernos que no saben dibujar han producido buenas -e incluso grandes- obras de arte. Sospecho que son capaces de producir buen arte porque su sensibilidad estética se ha cultivado por medios diferentes a los tradicionales de las escuelas de arte: dibujo del natural, con modelo, naturaleza muerta y paisaje, etc.

Dado que muchos artistas modernos descartan el dibujo como innecesario, los estudiantes principiantes se encuentran a veces en un dilema. Muy pocos se sienten lo bastante seguros de su capacidad creativa y de sus posibilidades de éxito en el mundo artístico como para prescindir totalmente de los estudios. Sin embargo, cuando se encuentran con el arte moderno que se exhibe en museos y galerías -y que no parece necesitar ninguno de los talentos tradicionales- empiezan a pensar que los métodos tradicionales de instrucción no son adecuados para sus propósitos. Para eludir el conflicto, muchos estudiantes prescinden del dibujo realista y se embarcan lo antes posible en estrechos estilos conceptuales, emulando a artistas contemporáneos que buscan un estilo único, reconocible, a modo de «marca de fábrica».

El artista inglés David Hockney opina que esta estrechez de opciones es una trampa para los artistas (ver la cita en el Capítulo 1), y sin duda es una trampa peligrosa para los estudiantes, que a menudo se encierran en motivos repetitivos. Quieren hacer declaraciones antes de saber lo que tienen que decir.

Basándome en mi experiencia como profesora de arte a varios niveles, me gustaría hacer algunas recomendaciones a todos los estudiantes de arte, pero especialmente a los que empiezan. Primero, no tengáis miedo de aprender a dibujar realistamente. Jamás se ha bloqueado una fuente de creatividad por saber dibujar, que es la base de todo arte. Un buen ejemplo es Picasso, que podía dibujar como un ángel, y la historia del arte está llena de ejemplos semejantes. Los buenos dibujantes no tienen por qué producir obras realistas aburridas y pedantes. Y si lo hacen, es seguro que también pintarían obras abstractas aburridas y pedantes. Dibujar bien no perjudica al talento, sino que por el contrario lo ayuda.

Segundo, hay que tener claro por qué es importante aprender a dibujar bien. El dibujo permite ver de ese modo especial en que ven los artistas, cualquiera que sea el estilo elegido para expresar la visión personal. El objetivo del dibujante es encontrar la realidad de la experiencia, ver más claramente, más profundamente. Desde luego, se puede agudizar la sensibilidad estética con otros métodos, como la meditación, la lectura o los viajes. Pero en mi opinión, para un artista estos otros métodos son menos seguros y eficaces. El artista emplea un medio visual de expresión, y el dibujo agudiza los sentidos visuales.

Y finalmente, hay que dibujar todos los días. Cualquier cosa: un cenicero, una manzana a medio comer, una persona, una brizna de hierba. Repito esta recomendación que ya hice en el último capítulo porque es especialmente importante para los estudiantes de arte. En cierto modo, el arte es como el atletismo: si no se entrena, el sentido visual pierde forma. La intención del dibujante no es trazar líneas en un papel, como la del corredor no es llegar a algún sitio. Hay que ejercitar la visión sin que importe mucho el producto de la práctica. Periódicamente se pueden rescatar los mejores ejemplos y tirar el resto (o incluso tirarlos todos). El objetivo de las sesiones diarias de dibujo es lograr ver más profundamente.


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