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El Zen del dibujo: Cómo hacer salir el artista que llevamos dentro 

Al principio de este libro dije que dibujar es un proceso mágico. Cuando el cerebro se cansa de su charla verbal, dibujar es un modo de acallar la verborrea y captar un destello fugaz de realidad trascendente. Del modo más directo posible, las percepciones visuales recorren el sistema humano -retina, nervio óptico, hemisferios cerebrales, nervios motores- para transformar mágicamente una hoja de papel en una imagen de nuestra respuesta personal, de nuestra visión de la percepción. Por medio de esta visión, el que contempla el dibujo -sea cual sea su tema- puede encontrarnos y vernos a nosotros.

Pero además, dibujar puede revelarnos mucho acerca de nosotros mismos, algunas facetas de nuestra personalidad que podían haber quedado oscurecidas por el yo verbal. Nuestros propios dibujos pueden enseñarnos cómo vemos las cosas y nuestros sentimientos hacia ellas. Primero se dibuja en el modo-D, conectando sin palabras con la imagen. Luego, al volver al modo verbal, podemos interpretar nuestros sentimientos y percepciones utilizando para ello los grandes talentos del hemisferio izquierdo: la palabra y el pensamiento lógico. Si el patrón está incompleto y no se puede explicar bien con palabras podemos volver al modo-D para aplicar al problema la intuición y la visión analógica. O ambos hemisferios pueden cooperar en infinitas combinaciones posibles.

Los ejercicios de este libro sólo representan los primeros pasos hacia el objetivo de conocer nuestras dos mentes y aprender a usar sus capacidades. A partir de aquí hay que continuar el viaje solos.

Una vez emprendido el camino siempre existe la sensación de que en el próximo dibujo veremos mejor, captaremos más verdaderamente la naturaleza de la realidad, expresaremos lo inexpresable, encontraremos el secreto detrás del secreto. Tal como dijo el gran artista japonés Hokusai, aprender a dibujar es una tarea que nunca termina.

Habiendo logrado pasar a un modo nuevo de ver uno puede encontrarse profundizando en la esencia de las cosas, una forma de conocimiento que tiende al concepto Zen del satori, tal como se describe en la cita D.T. Suzuki. Al adquirir una mejor percepción se adopta un nuevo enfoque de los problemas, se corrigen viejos errores, se suprimen los estereotipos que enmascaran la realidad y nos impiden ver con claridad.


«Para transformar el mundo, debemos empezar por nosotros mismos; y lo importante para empezar por nosotros mismos es la intención. La intención debe ser entendernos a nosotros mismos y no dejárselo a otros... Es nuestra responsabilidad, tuya y mía; porque, por muy pequeño que sea el mundo en que vivimos, si logramos aportar un punto de vista radicalmente diferente en nuestra existencia diaria, quizás podamos afectar al mundo en su conjunto.»
J. Krishnamurti
«Self Knoledge»,
en The First and last Freedom

«La vida del Zen comienza con la experiencia del satori. El satori se puede definir como una mirada intuitiva hacia dentro, en contradicción con el conocimiento intelectual y lógico. Definiciones aparte, el satori es el despliegue de un nuevo mundo, previamente ignorado.»
D. T. Suzuki
«Satori»
en An Introduction to Zen Buddhism

Cuando uno dispone del poder de ambas mitades del cerebro y de la miríada de posibles combinaciones de los talentos de ambos hemisferios tiene abierta la puerta para hacerse más consciente, más capaz de controlar algunos de los procesos verbales que pueden distorsionar el pensamiento, a veces hasta el punto de provocar un malestar físico. El pensamiento lógico y sistemático es sin duda esencial para la supervivencia en nuestra cultura, pero si nuestra cultura quiere sobrevivir debemos aprender urgentemente cómo el cerebro humano moldea la conducta.

Mediante la introspección podemos embarcarnos en ese estudio, convirtiéndonos en un Observador y aprendiendo, al menos en cierto grado, cómo funciona nuestro cerebro. Al observar el funcionamiento del cerebro propio se amplían sus poderes de percepción y se aprovechan las capacidades de ambas mitades. Al encontrarnos con un problema tendremos la posibilidad de ver las cosas de dos maneras: abstracta, verbal y lógicamente, pero también holística, no verbal e intuitivamente.

Aproveche esta capacidad. Dibuje todo, cualquier cosa. No hay temas demasiado fáciles ni demasiado difíciles, no hay nada feo. Todo puede servir de tema: unos centímetros cuadrados de césped, un vidrio roto, todo un paisaje, una persona.

Siga estudiando. Los grandes maestros del pasado y del presente están a su disposición, a precio razonable, en libros de arte. Estudie a los maestros, no para copiar sus estilos, sino para leer sus mentes. Deje que le enseñen a ver de maneras nuevas, a ver la belleza, a inventar nuevas formas y a abrir nuevos panoramas.

Observe cómo se desarrolla su estilo. Protéjalo y foméntelo. Concédase tiempo para que su estilo pueda desarrollarse y se sienta seguro de sí mismo. Si un dibujo sale mal, tranquilícese y ponga la mente en calma. Deje de hablar consigo mismo. Hágase consciente de que todo lo que necesita ver está ahí delante.

Practique todos los días. No espere un momento especial o una inspiración. Como ha visto, hay que preparar las cosas y ponerse en posición para facilitar el vuelo al estado más-que-ordinario en el que se ven las cosas claramente. A base de práctica la transición será cada vez más fácil. Si se descuida, el camino puede volver a cerrarse.

Enseñe a alguien a dibujar. El repaso de las lecciones le resultará valiosísimo, y así profundizará en el proceso, además de ofrecer nuevas oportunidades a algún otro.


«Desde los seis años de edad, tuve la manía de dibujar la forma de las cosas. Al llegar a los cincuenta, había publicado infinidad de diseños, pero lo que produje antes de los diecisiete no merece tomarse en cuenta. Ahora, a los setenta y tres, he aprendido un poco sobre la verdadera estructura de la naturaleza, los animales, plantas, aves, peces e insectos. Cuando tenga ochenta, habré progresado un poco más; a los noventa, penetraré en el misterio de las cosas; a los cien, habré alcanzado un estado maravilloso, y cuando tenga ciento diez, todo lo que haga, sea una línea o un punto, tendrá vida.»

Escrito a los setenta y tres años de edad por mí, antes Hokusai, ahora Owakio Rojin, un viejo loco por el dibujo.

«Una de las características de los grandes dibujos es la ferviente aceptación por parte del artista de su propio estilo y carácter. Es como si el dibujo dijera en nombre del artista 'aquí estoy'.»
Nathan Goldstein
The Art of Responsive Drawing

Desarrolle la facultad de imaginar, de ver con el ojo de la mente. Cualquier cosa que dibuje quedará grabada en su memoria. Evoque estas imágenes; vuelva a ver los dibujos de los maestros que ha estudiado y las caras de los amigos que ha retratado. Imagine escenas que no haya visto nunca y dibuje sus imágenes mentales. Al dibujarla, la imagen adquirirá vida y realidad propias.

Utilice la capacidad de imaginar para resolver problemas. Considere el problema desde varios puntos de vista. Vea las partes del problema en su verdadera proporción. Instruya al cerebro para que trabaje en el problema mientras usted duerme, pasea... o dibuja otra cosa. Inspeccione el problema para ver todas sus facetas. Imagine docenas de soluciones, sin censurarlas ni revisarlas. Juegue con los problemas de manera intuitiva-seria-juguetona. Es muy probable que la solución se presente por sí misma cuando menos lo espera.

Al aprovechar las facultades del lado derecho del cerebro se desarrollará su capacidad de ver cada vez con más profundidad la naturaleza de las cosas. Al mirar a una persona u objeto imagine que los está dibujando y los verá de un modo diferente. Verá con ojo despierto, con el ojo del artista que lleva dentro.

«Un monje preguntó a su maestro, '¿Qué es mi yo?' El maestro respondió: 'Hay algo profundamente oculto dentro de tu yo, y debes familiarizarte con su actividad oculta.' Entonces, el monje preguntó cuál era su actividad oculta. El maestro se limitó a abrir y cerrar los ojos.»
Frederick Franck
The Zen of Seeing

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